Sunday, September 2, 2012

GuyMaupassantFriendPatience

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Patience, escrito por Guy de Maupassant

Los caracteres en esta cuenta de Guy de Maupassant son soldados, un sujeto típico en su obra. Maupassant sirvo en el ejército durante la guerra Franco-Prusso, que perdieron los franceses contra los alemanes. En este caso, un soldado nos da una cuenta de un ex-colega del ejército que explica un perspectivo triste de la pasa de tiempo.



“Sabes que paso a Jeremy?”

“Es capitán del regimentó 6”

“Y a Pinson?”

“Es un subprefecto”

“Racollet?”

“Muerto.”

Buscamos otros nombres que nos hicieron recordar a figuras jóvenes coronados con sombreros adornados con cordones dorados. Después, encontramos algunos de ellos ahora con barbas y cabezas calvas, ahora patriarcas casados. Estas reuniones, estos cambios nos dieron tremores muy desagradables, y nos mostraron nuestros limitos temporales, y la rapidez con que cambian las cosas y andan a pasar.

Pregunto mi amigo: “Y Patience, el gran hombre?”

Yo grite:“Hombre! Si quieres oír algo de él, me escuches. Hace cuatro o cinco semanas como inspector viajero en Limoges, estuve esperando a la hora de la cena. Sentado en frente del Gran Café en la Plaza Teátrica, cerré cansinamente mis ojos. Los trabajadores entraron en grupos de 2, 3, 4, tomando sus absentas o vermú, hablando en voz alto de sus ocupaciones y los de otros, riendo violentamente o bajando sus conversaciones cuando discutieron algo de importancia o sensitivo.

“Dije a yo mismo: 'Que hare yo después de la cena?' Y yo piense de la noche larga que iba a visitarme en este pueblo provincial, de los caminos despacios y aburridos en las calles desconocidas, de la tristeza que conquista a veces el viajero solitario, a las personas que pasan, extranjeros en todas cosas, el estilo de chaquetas provinciales, sombreros, sus pantalones, sus tradiciones, acento local, sus casas, tiendas y coches de forma única. Y los sonidos ordinarios a que no te has acostumbrado; la tristeza molestaste que te empuje poca a poca hasta que sientes como estuvieras perdido en un país peligroso, que te opresa y te hace querer regresar a tu hotel, el hotel feo donde preserva tu cuarto mil adores sospechosos, donde la cama te pone a hesitar y queda pelo abandonado pegado con basura al superficie del lavabo.

Piense de eso cuando vea a ellos encendiendo a la gasolina, sintiendo crecer mi insolación con la llegada de la noche. Que iba a hacer después de la cena. Estuve solito, puro solo, y de repente lo sentí.”

“Un gran hombre entro, se sentó por la próxima y mando en voz formidable: 'Mesero, mi amarga' El 'mi' dentro el frase sonó como el detonación de un canon. Yo entendí instantemente que toda que existía era suya, poseído por él y ningún otro, que tenía su carácter y, gracias a dios, sus apetitivos, sus pantalones, dependiente en nada, en su propio modo, absoluto, y más completo que importante. Miro a su ambiente con actitud contento. Le trajeron su amarga y llamo
'Mi periódico.'
“Yo especule sobre cual periódico era el suyo. Claro que su preferencia me informe de sus opimos, sus teorías, sus diversiones y su natural. El mesero trajo el Times. Eso me sorpresa. Porque el Times, un periódico austero, doctrinal y pesado? Yo piense: 'Es entonces un hombre sabio, de manera seria, hábitos regulares, y básicamente, un buen hombre de la gente común.'
“Puso en su nariz gafas dorados, doblo y, antes de empezar leer, miro otra vez a toda la sala. Me noto y inmediatamente empiezo a verme en un modo persistente e incomodo. Estuve a punto de pedirle decir su razón por observarme así, cuando exclamo de donde estuvo sentado: 'Dios mío, eres Contra Lardos!'
“Dije 'Si, señor, no te has decepcionado.'
Levanto muy bruscamente (rápidamente) y me acerco con manos extendidos.
'Ah! Mi amigo, como anda?' pregunto.
'No fue suave mi saludo; no le reconocí. Después de unos momentos yo balbuce: Pues-muy bien-como estas?'
“Empiezo reírse: 'Parece como no me conoces.'
'Perfectamente, n, exactamente, pero..”
'Me toco el brazo: 'No te preocupes. No te voy a forzar tomar un examen. Soy Patience! Robert Patience, tu amigo, tu compadre.'
Le reconocí. Si, Robert Patience, mi compadre de la universidad. Era el. Yo agarro firmemente el mano que me extendió y dije: “Contigo toda anda bien?”
“Conmigo? Como un sueño.”
Resonó su risa con triunfo. Enquisto:
“Que te invita a ca?”
“Le explique que yo era inspector de finanzas, pasando en mi rutina.”
Contesto, observando a mi chapa: “Y eres exitoso, entonces?”
Conteste: 'Si, más o menos, y vos?'
'Yo? Si, bastante!'
“Que hace tu?”
“Soy un empresario.”
“Ganas, entonces?”
“Mucho. Soy rico. Pero que vengas conmigo mañana a media día, la calle numero 17 Coq-qui-chante; así veras a mi lugar.”
Parecía hesitar un segundo, y continuo:
“Sigues como el buen hedonista?”
“Si..Espero que si.”
“No te has casado”
“No.”
“Que bueno. Ya te gustan tanto los diversiones.”
Empiece a pensarle de un barbarismo común. Aun así, yo responde: “Si.”
“Y guapas?”
“Eso, si.”
Empiezo reírse otra vez, con una risa buena y sonora: “bien, bien. Te acuerdas de nuestra primera farsa en Bordeaux, cuando cenamos en la café Roupie? Ja, que buen noche.”
Me lo acuerdo, claro, y la memoria me amuso. Otros factos subieron en mi mente, y más y más. Alguien dijera “La vez en que encarcelamos a eso cervanto dentro el sótano de Padre Latoque?”
Y riera, pegando a la mesa con su mano, repitiendo:
“Si si si, y te acuerdas la boca del profesor en geografía, Don Marin, cuando detonamos esa bombita encima de la mapa del mundo al mismo tiempo en que estuvo dando una lectura sobre los volcanes principales del mundo?”
Rápidamente yo le pregunte:
“Y tú, eres un marido?”
Exclamo: “Diez años, amigo mío, y yo tengo cuatro hijos, monos fascinantes, pero vas a ver a ellos y sus mama.”
Estábamos charlando muy ruidosos, y nuestros vecinos nos estuvieron viendo. De pronto mi amigo miro a su reló, un gran cronometro con la misma circunferencia como una naranja, y exclamo:
“Por dios! Es mala forma, pero tengo que salir de tu compañía; no soy libre esta noche.”
Subió, tomo mis dos manos los agito como quisiera romper mis dos brazos y dijo: “Mañana al media día, te acuerdas?'
“Yo me acuerdo.”
Pase la mañana trabajando en la casa del tesorero general. Quiso detenerme para almorzar, pero le dije que tuve una obligación a un amigo y me acompaño saliendo. Le pregunte
“Conoces la calle Coq-qui-chante?”
Dijo “Si, está a 5 minutos. Yo no tengo nada que hacer y entonces te conduciré a llegar allá.”
Salimos. Pronto yo note a la calle a que buscamos. Era amplia y bonita, estuvo por la frontera del pueblo y el campo. Encontré a los números y eventualmente el numero 17. Era un hotel con un jardín a tras. La frente, ornamentada con frescos en el estilo italiano, fue mal-seleccionado. Habían estatuas de diosas y nubes y dos de Cupido.
“Este es.”
Extiende mi mano por decir adiós. Hizo un gesto brusco y singular, pero no dijo nada y solamente apretó a la mano mía. Yo pulse el timbre. Vino una ayudante. Dije:
“Señor Patience, por favor. Está en casa?”
“Si esta, señor, quieres hablar con él?”
“Si.”
La entrada era ornamentada con pinturas de un artista local. Paolo y Virginia pusieron un abrazo abajo de algunas palmas, todo iluminado en una luz rosa. Un lanterno feo colgó del cielo. Eran muchas puertas, conciliadas por tapestrias ostentosas.
Abandonado solo un momento, mire alrededor. La sala era bien decorado, pero con los pretensos de nacimiento bajo. Tenían arte linda del siglo pasado, grabados de escenas románticas. Había unas divanas por el perímetro de la sala, y era impregnada con un odor fuerte. Eran sospechosas las pareles, el lujo exagerado y, de verdad, toda la casa.
Me acerque a la ventana por mirar al jardín, de que pude ver los arboles pero nada más. Era grande, sombrado, esplendido. Un camino vasto era perfilado en el pasto, donde una fuente de agua está jugando en el aire. De pronto entraron por el lado del jardín, entre dos arbustos hermosos. Caminaban despacio , con sus brazos entrelazados, llevando vestidos largos, blancos. Eran dos rubias y la otra de pelo café. Desaparecieron inmediatamente en los arboles. Quede encantado, cautivado. Hubo introducido a mi mente esta aparición un mundo poético. No les pude ver en eso mar de ajos, escondida y deliciosa. Yo pensaba de las épocas felices, florales, incorpóreles, dulces, cuando eran las costumbres suaves y los labios tan fáciles.
Un gran voz a tras me hizo saltar. Patience hubo entrado, radiante, con sus dos manos extendidas.
Me veo por las esquinas de sus ojos con un expresión travieso que prometo una confianza amorosa y con una gran gesto comprensiva, uno gesto Napoleónico, indico de su sala terrible la ventana en que vemos a su parque con las tres mujeres pasando otra vez, y en voz triunfante dijo: “Fíjate que comencé con nada – mi esposa y mis dos cuñadas.

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